Siempre que he visto a alguna abuelilla con el pelo blanco me produce una infinita ternura. Me la imagino en un butacón, haciendo alguna labor, con una manta tapándole los pies y con nietos alrededor que le piden que le cuenten historias de cuando era pequeña y vivía en el pueblo. La imagino sonriendo con los ojos vueltos al pasado, la mente en la alegría de la infancia y la juventud, las manos a la labor, la boca con una sonrisa por tener quien escuche su vida.
Y hoy me veo yo, a 1 mes y dos días de cumplir 40, con un mechón blanco a la derecha de mi pelo, herencia de mi abuela y un montón de canas plateadas en las raíces. En el resto no, porque las tapan una mezcla de colores de tintes de varios años, color indefinible, por supuesto.
Soy de piel blanca, muy blanca, llena de pecas y no sé si llegaré a tener el pelo completamente blanco. Me decanto más por que sea canoso, sin más.
Llevo ya tiempo sin teñirme (el tamaño de la raíz lo delata) pero decidí no volver a teñirme más y dejar de perder tiempo y dinero en tintes, retoques y demás. Pero hace unos días me vino mi mayor y me pregunta:
- "Mamá, ¿cuándo te vas a teñir?"
- "Pues no pensaba hacerlo, peque."
- "¿Porqué? Te ves mayor así."
- "Jaja, bueno, me voy haciendo mayor. Pero eso no es malo. Es señal de que he vivido y sigo viviendo."
- " Pues no me gusta. (mi eterno inconformista) No quiero que te hagas mayor!!"
- "¿Y si me tiño dejaré de ser mayor?"
- "¡Dejarás de parecerlo!"
- " También si me pongo tacones parezco más alta pero eso conlleva que me fastidio la espalda, no voy tan cómoda y cuando me los quito, sigo siendo igual de alta que antes de subirme a ellos. Pero sigo siendo yo. Con o sin tacones, con o sin canas, sigo siendo mamá. ¿Te gusta quien es mamá?"
Me mira primero con la misma cara que ha tenido durante toda la conversación y poco a poco la va cambiando, parece que va entendiendo y me dice, junto con una gran sonrisa: "Me gusta quien eres, no quien parece que eres. Si te gustan las canas, déjalas ahí. Eres tu y te quiero."
Estas conversaciones, con un niño de nueve años, son tremendamente enriquecedoras. Y para los dos, yo creo. No ha vuelto a nombrarlas. De hecho el otro día pensé en ponerme tacones y me dice: "Mami ponte cómoda, luego te dolerá la espalda" y me guiñó un ojo. Así que si, las canas definitivamente dignifican.
Quizás algún día sea yo la que me siente en un butacón, con una mantita tapándome los pies, la labor en las manos, los nietos alrededor y los ojos vueltos al pasado con la mente en la alegría de la infancia y la juventud y la sonrisa en la boca por tener a alguien que me escuche.
Feliz jueves!
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